
"Construiré un coche para las masas", prometió
Henry Ford en 1908, cuando presento el Modelo "T", el coche que
abarrotó el mundo de automóviles y propicio la producción en cadena,
característica de la segunda revolución industrial. A finales de la centuria,
la premonición de un joven granjero que soñaba con un coche particular al
alcance de las masas no sólo se había realizado más allá de sus más
desmesurados sueños sino que había transformado todos los ámbitos de la vida:
desde el aspecto de las ciudades hasta el papel del petróleo en la política
internacional, pasando por el aire que respiramos.
Duradero, ligero, extraordinariamente polivalente, el Modelo "T" resistía los toscos caminos rurales, convirtiendo así a los trabajadores del campo, un gran sector de la población norteamericana en 1908, en clientes rentables. Aún más importante, por 850 dólares el coche de Ford era accesible y no un juguete de ricos. Al cabo de los años, cuando la producción se perfeccionó, los precios descendieron, permitiendo a Ford construir un coche "que ningún hombre con un salario decente dejaría de comprar". En un año de producción, 10.000 Modelos "T" circulaban por EE.UU. Cuando cesó su fabricación, en 1927, se habían vendido más de quince millones en todo el mundo.







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